20.10.09

el valor del anillo


-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no hago nada bien, que soy torpe, nadie me quiere… ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro le dijo: “Cuánto lo siento muchacho! Ahora no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después…” y haciendo una pausa agregó: “Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y tal vez después pueda ayudarte”.

-Ehh… encantado maestro -titubeó el joven-, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

-Bien!, asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba puesto en el dedo pequeño de la mano izquierda y se lo dio al muchacho diciendo: “Toma el caballo que está ahí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa lo más rápido que puedas”.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, hasta que un viejito se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

Después de ofrecer su joya a todo el que se cruzaba en su camino, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó. Entró a la habitación donde estaba el maestro, y le dijo:

-Maestro, lo siento pero no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto al verdadero valor del anillo.

-Qué importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro - Debemos primero saber el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. Quién mejor que él para saberlo. Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te daría por él. No importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

Llegó a la joyería, el joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó, y luego dijo:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-58 monedas?! - exclamó el joven.
-Sí, replicó el joyero - Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…

El joven corrió entonces emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

-Siéntate, dijo el maestro después de escucharlo. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en su dedo…

7.10.09

casi a mis 40 y tantos...


7 de octubre de 2009 faltan 5 días para mi cumple. Resumen del año: Facultad stand by. Amor stand by. Amigos en alza (y alzados en espera por qué no? jajaja). Soy madre gata. Hice un curso de imagen. Comencé hoy un taller de escritura. Preparo mi fiesta de cumple compartida con amigos nuevos y los de siempre. Mis ahijados hermosos. Hoy, ahora, cansada pero en paz.


gráfico extraído de http://julietaarroquy.blogspot.com/

23.6.09

deseo de mitad de año...

Deseo que en mi casa haya
una mujer* razonable,
un gato deslizándose entre los libros,
y amigos en todas las épocas,
sin los cuales no puedo vivir.

Guillaume Apollinaire (1880-1918)

* en mi caso un hombre.

25.5.09

un sujeto con deseos...

-Rodolfo, excepto dos o tres necesidades básicas que son inevitables para sostener la vida orgánica, como respirar por ejemplo, el hombre no es, como los animales, un ser con necesidades sino un sujeto con deseos (…) Esto es tan así que si alguien entra en un restaurante y no hay exactamente lo que quiere, se levanta y se va a otro. Porque lo que está en juego no es la necesidad sino el deseo de algo.

- Ella también dice que me ama y que no podría vivir sin mí.
- (...)Hace un tiempo hablamos de la diferencia entre el deseo y la necesidad. ¿Te acordás?
- Sí.
- (...)El amor sano no implica que alguien no "pueda" vivir sin el otro, porque eso sería patológico. Implica que no "quiere" vivir sin el otro aunque pueda, que "desea" estar a su lado porque con esa persona su vida es más plena que sin ella.

Grabriel Rolón – Palabras cruzadas – Ed. Planeta

19.5.09

actitud... unificadora


Toma una actitud SENSUAL

La actitud sensual es aquella que nos hace verdaderamente conscientes del sentir y nos invita a estar presentes con todo nuestro Ser cuando tocamos, oímos, miramos intencionalmente a alguien o algo, cuando saboreamos alimentos y descubrimos fragancias y olores en el mundo que nos rodea. La actitud sensual nos lleva a experimentar el principio de unidad que está detrás de todo lo que es vivido consciente y amorosamente con nuestros sentidos. Cuando estamos sensualmente atentos, nuestra Esencia Divina se gratifica intensamente y nos liberamos de la ilusión de separatividad.

Sugerencias prácticas para una actitud Sensual:
• No tengas miedo de sentir placer. El placer es aún mayor cuando lo sentimos con el Alma.
• Medita sobre lo siguiente: las experiencias con los sentidos (vista, oído, olfato, paladar y tacto) son directas, intransferibles y esencialmente unificadoras.
• Trata de estar siempre atento a lo que puedes descubrir con los sentidos. Cuando los cinco sentidos se tornan plenos, hay otros más sutiles a ser descubiertos y desarrollados.
• Deleítate en los sentidos maravillosos que el Creador te concedió. El mayor pecado es embotar estos dones divinos.

Estraído de: “El Libro de las Actitudes” Sónia Café
Ilustraciones: NEIDE INNECCO
Editorial: ERREPAR S.A.

18.5.09

El otro yo - Mario Benedetti - 17-05-09

El otro yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

15.5.09

yo lo quiero así...

…Hacíamos el amor compulsivamente. Lo hacíamos deliberadamente. Lo hacíamos espontáneamente. Pero sobre todo, hacíamos el amor diariamente.
O en otras palabras, los lunes, los martes y los miércoles, hacíamos el amor invariablemente.
Los jueves, los viernes y los sábados, hacíamos el amor igualmente. Por último los domingos hacíamos el amor religiosamente.
O bien hacíamos el amor por compatibilidad de caracteres, por favor, por supuesto, por teléfono, de primera intención y en última instancia, por no dejar y por si acaso, como primera medida y como último recurso.
Hicimos también el amor por ósmosis y por simbiosis: a eso le llamábamos hacer el amor científicamente. Pero también hicimos el amor yo a ella y ella a mí: es decir, recíprocamente.
Y cuando ella se quedaba a la mitad de un orgasmo y yo, con el miembro convertido en un músculo fláccido no podía llenarla, entonces hacíamos el amor lastimosamente.
Lo cual no tiene nada que ver con las veces en que yo me imaginaba que no iba a poder, y no podía, y ella pensaba que no iba a sentir, y no sentía,
o bien estábamos tan cansados y tan preocupados que ninguno de los dos alcanzaba el orgasmo. Decíamos, entonces, que habíamos hecho el amor aproximadamente.
O bien Estefanía le daba por recordar las ardillas que el tío Esteban le trajo de Wisconsin y que daban vueltas como locas en sus jaulas olorosas a creolina, y yo por mi parte recordaba la sala de la casa de los abuelos, con sus sillas vienesas y sus macetas de rosasté esperando la eclosión de las cuatro de
la tarde, y así era como hacíamos el amor nostálgicamente, viniéndonos mientras nos íbamos tras viejos recuerdos.
(…) Muchas veces hicimos el amor contra natura, a favor de natura, ignorando a natura.
O de noche con la luz encendida, mientras los zancudos ejecutaban una danza cenital alrededor del foco. O de día con los ojos cerrados. O con el cuerpo limpio y la conciencia sucia. O viceversa.
Contentos, felices, dolientes, amargados. Con remordimientos y sin sentido. Con sueño y con frío.
Y cuando estábamos conscientes de lo absurdo de la vida, y de que un día nos olvidaríamos el uno del otro, entonces hacíamos el amor inútilmente.
Para envidia de nuestros amigos y enemigos, hacíamos el amor ilimitadamente, magistralmente, legendariamente.
Para honra de nuestros padres, hacíamos el amor moralmente. Para escándalo de la sociedad, hacíamos el amor ilegalmente.
Para alegría de los psiquiatras, hacíamos el amor sintomáticamente. Y, sobre todo, hacíamos el amor físicamente.
También lo hicimos de pie y cantando, de rodillas y rezando, acostados y soñando.
Y sobre todo, y por simple razón de que yo lo quería así y ella también, hacíamos el amor voluntariamente.

Palinuro de México (fragmento) – Fernando del Paso